FICCIÓN
Hoy les vengo a contar una historia. Bueno en realidad mi historia... La cuestión es que siempre desde muy chica mis queridos padres fueron mi sombra y se dedicaron de manera casi obsesiva con que yo no tuviera ni un moco ni un moretón... Nada. Eran unos paranoicos de la salud extrema, con el objetivo de llegar a lo que ellos llamaban como "inmortalidad posible".
Hoy les vengo a contar una historia. Bueno en realidad mi historia... La cuestión es que siempre desde muy chica mis queridos padres fueron mi sombra y se dedicaron de manera casi obsesiva con que yo no tuviera ni un moco ni un moretón... Nada. Eran unos paranoicos de la salud extrema, con el objetivo de llegar a lo que ellos llamaban como "inmortalidad posible".
Desde que nací hasta los 10 años aproximadamente no me cuestioné mucho estos pensamientos (casi patológicos) que tenían mis viejos. Es más, me parecían de lo más normal sus razonamientos. Incluso cuando iba a la casa de mis amigos del colegio a jugar a las Barbies o el juego sexista de moda del momento, me llamaba mucho la atención que los padres no estuvieran atentos a cada pequeño movimiento que dábamos para preservar nuestra "preciada salud", cómo decían mis viejitos tan normales.
Llegada la pubertad y más tarde mi adolescencia, comencé a darme cuenta que la filosofía que tenían mis viejos era preocupante. Viendo películas con amigos me di cuenta que la inmortalidad no existe, ni siquiera Aquiles se salvó de su talón... Entonces decidí rebelarme, inicié una revolución en casa. No se crean que me convertí en nada extraño ni hice demasiados disparates, pero las suficientes para alterar las estructuras establecidas en casa. Algunas de las "locuras" que hice fue llegar a casa con moretones en las piernas o en la cara (muchas veces me los pintaba con maquillaje), y frente a los llantos y gritos desesperados de mi madre, dar una explicación simple y llana como: "me cagué a piñas con una piba en la fila del banco. No te preocupes viejita esto me pasa una vez por semana, mínimo". Otra vez me compré un perfume con olor a marihuana (en mi casa si se mencionaba alguna droga solo se hacía con el nombre más "correcto", jamás porro) y me lo ponía cada vez que entraba a casa por las tardes; mi madre horrorizada lloraba el resto del día acostada en su cama. Suena a telenovela mejicana, pero les juro que no estoy exagerando ninguno de los hechos. Aunque mis padres se angustiaban de vez en cuando a raíz de mis actitudes, yo no quería que ellos sufrieran, sólo quería ponerle humor a las situaciones tragicómicas de mi casa.
A pesar de mi pseudo "rebeldía", llegada mi adultez, decidí no tener hijos para que ellos no sufrieran lo mismo que yo a cuestas de las manías y fobias de mis padres. Así es como enfrenté mi vida adulta de una manera relajada y sin preocuparme de forma obsesiva por mi salud, o eso es lo que yo creía. Mirando de forma objetiva mi vida, me he dado cuenta que a partir de los 30 años me convertí en el mismo bicho insoportable que mis viejos: comprando todos los medicamentos posibles (legales y no tanto) para estar preparada para cualquier posible enfermedad, tomándome la presión 3 veces al día, poniéndome cremas para evitar un posible cáncer de piel, entre otras millones de locuras "preventivas". Creía haberme librado de sus razonamientos hipocondríacos... Pero evidentemente no estaba ni cerca de eso.
Hace un par de años, en febrero, mis progenitores bendecidos por la "inmortalidad", caminaban por las calles de la ciudad rumbo a la verdulería. Como todos los veranos desde que tengo uso de razón, la pareja fóbica no se iba de vacaciones por miedo a tener un accidente de auto u otro medio de transporte... Si no creían que eran unos ridículos con esto lo confirmaron ¿No cierto? Los dos seres perfectos, luego de comprar las verduras y frutas (por supuesto todas las que tienen algún beneficio para el organismo), decidieron regresar a casa, siempre con mucha cautela y respetando los semáforos.
Regaba las plantas mientras escuchaba Pescado Rabioso al mango y cantaba al unísono con el flaco. Después decidí replantar mis jazmines en otra maceta, ya se estaban muriendo pobrecitos. Pero una maceta se me resbaló de la mano y cayó por mi balcón convirtiéndose en polvo de cerámica en la vereda. Lo primero que escuché fue un grito desesperado. Parece que a una pareja de viejitos les había pintado salir a caminar con 40 grados de calor en aquel efervescente febrero.
El final de mis papás fue tan patético como sus vidas completas: "Pareja aplastada por una maceta en el barrio de Palermo" (ese fue el titular de los noticieros de aquella noche). A partir de ese día (si bien cuando me enteré no sabía si reír o llorar) se aclaró mi futuro. De nada sirve ser tan obsesivo con aquellos productos que pueden provocarnos cáncer, irritación en el estómago; caminar sólo por las calles de la ciudad cuando hay luz solar por miedo a los "chorros" (flaco que estás leyendo, si te tienen que afanar lo van hacer en cualquier lugar y hora, el sol no es tu protector). En definitiva, nadie logra escapar de la muerte. De nada sirve hacernos el bocho, si al final de cuentas todos vamos a ser llevados hacia la luz. No se puede vivir nuestra corta existencia atormentados... Hay que disfrutar la vida que nos tocó. De nada sirve, si todos vamos a morir.
Hace un par de años, en febrero, mis progenitores bendecidos por la "inmortalidad", caminaban por las calles de la ciudad rumbo a la verdulería. Como todos los veranos desde que tengo uso de razón, la pareja fóbica no se iba de vacaciones por miedo a tener un accidente de auto u otro medio de transporte... Si no creían que eran unos ridículos con esto lo confirmaron ¿No cierto? Los dos seres perfectos, luego de comprar las verduras y frutas (por supuesto todas las que tienen algún beneficio para el organismo), decidieron regresar a casa, siempre con mucha cautela y respetando los semáforos.
Regaba las plantas mientras escuchaba Pescado Rabioso al mango y cantaba al unísono con el flaco. Después decidí replantar mis jazmines en otra maceta, ya se estaban muriendo pobrecitos. Pero una maceta se me resbaló de la mano y cayó por mi balcón convirtiéndose en polvo de cerámica en la vereda. Lo primero que escuché fue un grito desesperado. Parece que a una pareja de viejitos les había pintado salir a caminar con 40 grados de calor en aquel efervescente febrero.
El final de mis papás fue tan patético como sus vidas completas: "Pareja aplastada por una maceta en el barrio de Palermo" (ese fue el titular de los noticieros de aquella noche). A partir de ese día (si bien cuando me enteré no sabía si reír o llorar) se aclaró mi futuro. De nada sirve ser tan obsesivo con aquellos productos que pueden provocarnos cáncer, irritación en el estómago; caminar sólo por las calles de la ciudad cuando hay luz solar por miedo a los "chorros" (flaco que estás leyendo, si te tienen que afanar lo van hacer en cualquier lugar y hora, el sol no es tu protector). En definitiva, nadie logra escapar de la muerte. De nada sirve hacernos el bocho, si al final de cuentas todos vamos a ser llevados hacia la luz. No se puede vivir nuestra corta existencia atormentados... Hay que disfrutar la vida que nos tocó. De nada sirve, si todos vamos a morir.
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