FICCIÓN
La indecisión y la tensión eran dos cuestiones presentes al bajarnos del bondi. El me explicó que no me quería presionar, que si yo no quería me acompañaba a casa y no pasaba nada... O sino podíamos ir y divertirnos. Yo le respondí que sí, que quería ir con el. Pero también quería explicarle que yo no tenía sexo con cualquiera... Se lo quería dejar en claro pero no sabía cómo. Es más, esa noche no logré decírselo. Entre risas cruzamos abrazados la Avenida y llegamos a destino.
La indecisión y la tensión eran dos cuestiones presentes al bajarnos del bondi. El me explicó que no me quería presionar, que si yo no quería me acompañaba a casa y no pasaba nada... O sino podíamos ir y divertirnos. Yo le respondí que sí, que quería ir con el. Pero también quería explicarle que yo no tenía sexo con cualquiera... Se lo quería dejar en claro pero no sabía cómo. Es más, esa noche no logré decírselo. Entre risas cruzamos abrazados la Avenida y llegamos a destino.
Las luces azules estaban allí dándonos la bienvenida, invitándonos a entrar. Me vi reflejada en el espejo de la puerta de entrada y me gustó lo que vi. Me vi crecida, distinta, lista para esta tierra desconocida en la cual me encontraba cómoda en la incomodidad.
Entramos en silencio y pedimos una habitación, una "suite normal"; no teníamos plata para una con hidromasaje como yo esperaba. Nos habíamos gastado el resto en alcohol durante la noche. Riéndose me preguntó: "¿Los globos vienen con el cuarto?". Yo me había olvidado de ese pequeño detalle y con decisión pero sonrojada, se los pedí a la chica del mostrador.
La 202 nos saludó con luces rojas y tenues. Entramos y me saqué los zapatos. Fui al baño y verifiqué que todo estuviera en su lugar y bajo control. Decidida salí del baño. Su mirada entre tierna y firme me hicieron acercarme hacia el.
Sonaba una canción que me resonaba por dentro. Como un canto latente que no paraba de vibrar, entre esas cuatro paredes que no paraban de transpirar. La oscuridad y la música setentosa movía nuestros cuerpos sincronizados, como si fueran uno y se conocieran hace rato. Como dos extraños que quizás en otra vida eran unidos. Y aquel día se volvieron a encontrar y a redescubrir como la primera vez que se vieron, en aquella otra vida en la que fueron felinos. Rugidos contenidos salieron al vacío, al descubierto y frente al abismo. El abismo del placer que los tentó a rugir a la par y entender que si no se destapaban morirían al desconsuelo y la soledad.
Explorando en la profundidad de nuestros ojos, nos entregamos al placer de nuestros cuerpos.
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