viernes, 20 de febrero de 2015

"Mandame un wapp y arreglamos".


"¿Che cómo era el número de teléfono de tu casa?", me preguntó ayer una de mis mejores amigas. ¿Cómo puede ser que no se acuerde? Este fue el puntapié que me llevó a pensar en muchas cosas. Primero de todo: ya casi no hablamos por teléfono con nuestros amigos. Preferimos usar Whatsapp o facebook y listo. Ya se considera un trámite de esfuerzo mayor el  hecho de levantar el tubo y marcar un número. Nos da “paja”.
Estamos transitando un momento de la historia en el que creemos estar más conectados que nunca, pero la realidad es que cada vez que agarramos nuestro celular, tablet o el dispositivo que sea, nos aislamos del mundo que nos rodea y de las personas físicas y concretas que están cerca nuestro. ¡Ojo! No estoy diciendo que los celulares y todos los aparatos electrónicos son una cagada, que tenemos que dejar de usarlos e irnos a vivir a la selva sin señal y en taparrabos. No. No se confundan. Estoy reflexionando sobre una situación de nuestra vida diaria.
Por otro lado, sé que estos dispositivos son una tremenda creación del ser humano y que hacen cosas increíbles; partiendo de la base que nos podemos comunicar con un pibe que está en Australia, podemos leer acerca de los degollamientos en Siria por parte del ISIS o ver un vídeo de un coreano que canta y baila Gangam Style. Es impresionante lo conectado que se encuentra el mundo a través de estos dispositivos multimedia y creo fervientemente que son una herramienta de trabajo muy importante para muchos profesionales.
Simplemente quiero que reflexionemos sobre las cosas que podemos llegar a perdernos al pasar horas frente a una computadora, las personas con las que podríamos hablar, los libros que podríamos leer…
Esta simple observación me lleva a cuestionarme: cuánto tiempo del día paso conectándome con el mundo virtual en vez de estar empapándome del mundo real. La problemática reside en que con el correr de los años, estos dispositivos comienzan a formar parte de aquel mundo real que antes no se encontraba “contaminado” por la tecnología. En definitiva, esta reflexión es bastante contradictoria ¿No?
A pesar de todo esto, es productivo meditar acerca de como deseamos pasar nuestros días, cómo es nuestra relación con la tecnología, si la utilizamos de forma productiva y si tenemos control sobre ella o ella sobre nosotros.