Los príncipes no existen. A mis
escasos veinte años puedo confirmarlo. ¡Por suerte no existen! Creo que me
darían odio… Tan perfectos, de pelo brillante, dientes blancos, siempre están felices y tienen buenas
intenciones. No chicas, no existen y si los están buscando, dejen de hacerlo
porque no los van a encontrar. No están escondidos bajo ninguna roca, ni en un
boliche, ni en la calle. N-O ¡No!
Son una simple y hermosa creación, iniciada por Disney en nuestra infancia, que nos implantó la semilla
de la esperanza; deseando que algún día llegaría un bombón a caballo, nos regalaría una flor y nos enamoraríamos al instante. Bueno… no. ERROR. No
es tan fácil ni tan romántico. No estoy diciendo que no creo en el amor
(verdadero) si no que el cuento de hadas es un MITO. Si bien yo creo que el ser
humano nunca superará el hermoso trauma de Disney (hermoso porque AMO las
películas de Disney), llegada la pubertad, Hollywood tampoco contribuyó
demasiado… Todos los personajes de las películas pertenecientes a esta
millonaria industria son perfectos y de cuerpos
envidiables. En el 99% de las veces estas personas (en este caso hombre y
mujer) estéticamente tallados por los dioses, terminan juntos, es decir, viven
“felices para siempre”. Sin embargo, en aquel 1% restante, el espectador se enoja y se
angustia (me incluyo), como es en el caso de “La boda de mi mejor amigo”. La
puta que dura es ese largometraje… Y yo me pregunto ¿Por qué esto nos encabrona y nos
entristece tanto? ¿Por qué nos largamos a llorar cuando el hombre “perfecto” y
la mujer “adorable” terminan tomando caminos distintos? Creo haber llegado a
una respuesta… Porque el ser humano está proyectando (concepto de la
psicología. Si lo ignora búsquelo) su propio dolor que vive a diario. En otras palabras, lloramos porque no queremos
enfrentarnos a la cruda realidad: los príncipes que v emos en las películas NO existen.
Lo que nosotras debemos comprender, es que el príncipe azul de los cuentos, si lo humanizáramos sería falso, frío y de plástico. Debemos aprender que los errores y defectos tienen su encanto,
que ellos nos alientan a la superación propia del ser y que de ellos nos
podemos enamorar.
